Estoy frente a las duchas. Cómo recuerdo esos momentos en que las gotas de agua dibujaban mis piernas, y yo las sentía como agua que surca las piernas. Me metí acá con la esperanza de ver desde adentro el camarín de damas. A veces, me meto, y pongo desapercibida cara para mirar desnudeces que ya me son tan conocidas, pero que no dejan de excitarme.
El olor a humedad casi se vuelve tolerable a ratos. No es olor a pico, pero es un olor tan masculino como insoportable. Alfrente mío hay dos rumas de toallas blancas. Una con un montón, y otra con unas pocas. Pienso en la vejez. Tengo 64 aós. Una cifra obsena. Mi vida es como ese montón de toallas. El montón grande es como los años que he vivido, el montón chico son los años que me quedan por vivir.
Me desnudo frente al espejo por que creo que en algún momento, mágicamente voy a caminar. Hasta los pelos de mi pecho, de mis sobacos se han vuelto blancos. Lo peor de todo es que para mí es casi imposible dejar de lado la imagen de un Yo mismo perfecto, veinteañero. Mi estómago se ha inflado de una manera irreversile, y cada día me doy cuenta de lo peor que estoy frente a la vida. Me refiero físicamente, porque cada día soy más sabio. Aunque no me de cuenta.
La sabiduría no es mucho más que el ser cada día más viejo, y poder decirlo de una manera más o menos digna. Cuando yo era joven, no existía esto de la promiscuidad ni mucho menos. Pareciera que nosotros fuimos una generación obligada a no calentarse cuando había que hacerlo, como los jóvenes de hoydía. Llegué a creer que las mujeres se calientan porque creen que tienen que calentarse frente a algunas situaciones. Dejé de calentarme durante todos mis veintitantos años. Cuando volví a calentarme, ya mi mujer no se calentaba conmigo. Y después vino eso que me hizo quedar paralítico inválido.
Entra un hombre y me ve desnudo en mi silla de ruedas, con mis nalgas pegadas a la cuerina, chirriando con mi incomodidad. Le dejo que mire porque no me voy a tapar. Nada más penoso que un inválido con pudor. No me dejo de sentir viejo, y por más que trato no puedo acordarme de las gloria de juventud.
domingo, 7 de octubre de 2007
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1 comentario:
Estas son las cosas que dan gusto leer, que entretenienen, que mantienen el morbo, que dan la sensación de que cuando uno piensa que todo lo que uno piensa es una mierda y de que uno es tan inseguro, no siempre es así. Escritos como este dan muestra del desapego a la varguenza, algo que para mi gusto, es de lo mejor.
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