Tengo una inflamación en el pecho. Es un punto negro hinchado, algo infectado o algo de ese estilo. Hoydía me lo descubrí en ese momento en que uno se mira al espejo desnudo y hace un tazage de cuán viejo se está. Era como un furúnculo rojizo, casi en el centro de mi tórax, entremedio de mi pelo en pecho, al lado izquierdo de mi esternón, por sobre la carótida.
Ayer mientras dormía, la cosa esa crecía en mí. Y yo pensaba que era una pelota de mala energía acumulada o algo así, y no me podía quedar dormido porque trataba de pensar en cualquier cosa que no fuera el dolor de ése lugar de mi pecho que trataba de olvidar. Después me di cuenta de que le estaba haciendo el quite al sufrimiento, así que me focalicé en la espina de mi pecho con la intención de canalizarla, cuando podía ser cáncer, un tumor, o cualquiera de las cosas que a uno le pueden aparecer en cualquier momento.
Tengo el neurótico ejercicio de tratar de hacer explotar cualquier protuberancia de mi borde dérmico. Con ambas uñas de ambos índices, apreté, hasta que salió una secreción biliar de algún nivel subterráneo de mi cuerpo, para luego dejarse asomar la sangre, con un tajo de arriba a abajo. Ahí uno no puede seguir apretándose.
El cáncer, amigo mío está a la vuelta de cada segundo. Una vez leí que un famoso mecanismo de defensa se llama la intelectualización; Tapar con construcciones mentales ideas perturbadoras. Como del estilo de "Eso nunca me va a pasar a mí", "Dejaré de fumar a los 30"... ¡No señor!, no le crea a nadie, ni mucho menos a sí mismo, que ahí es donde realmente está el demonio!!!.
Yo les digo nomás. La muerte está a la vuelta de cada esquina. Y es la puta más malvada que yo haya visto a la cara.
sábado, 27 de octubre de 2007
domingo, 7 de octubre de 2007
2.- En el camarín
Estoy frente a las duchas. Cómo recuerdo esos momentos en que las gotas de agua dibujaban mis piernas, y yo las sentía como agua que surca las piernas. Me metí acá con la esperanza de ver desde adentro el camarín de damas. A veces, me meto, y pongo desapercibida cara para mirar desnudeces que ya me son tan conocidas, pero que no dejan de excitarme.
El olor a humedad casi se vuelve tolerable a ratos. No es olor a pico, pero es un olor tan masculino como insoportable. Alfrente mío hay dos rumas de toallas blancas. Una con un montón, y otra con unas pocas. Pienso en la vejez. Tengo 64 aós. Una cifra obsena. Mi vida es como ese montón de toallas. El montón grande es como los años que he vivido, el montón chico son los años que me quedan por vivir.
Me desnudo frente al espejo por que creo que en algún momento, mágicamente voy a caminar. Hasta los pelos de mi pecho, de mis sobacos se han vuelto blancos. Lo peor de todo es que para mí es casi imposible dejar de lado la imagen de un Yo mismo perfecto, veinteañero. Mi estómago se ha inflado de una manera irreversile, y cada día me doy cuenta de lo peor que estoy frente a la vida. Me refiero físicamente, porque cada día soy más sabio. Aunque no me de cuenta.
La sabiduría no es mucho más que el ser cada día más viejo, y poder decirlo de una manera más o menos digna. Cuando yo era joven, no existía esto de la promiscuidad ni mucho menos. Pareciera que nosotros fuimos una generación obligada a no calentarse cuando había que hacerlo, como los jóvenes de hoydía. Llegué a creer que las mujeres se calientan porque creen que tienen que calentarse frente a algunas situaciones. Dejé de calentarme durante todos mis veintitantos años. Cuando volví a calentarme, ya mi mujer no se calentaba conmigo. Y después vino eso que me hizo quedar paralítico inválido.
Entra un hombre y me ve desnudo en mi silla de ruedas, con mis nalgas pegadas a la cuerina, chirriando con mi incomodidad. Le dejo que mire porque no me voy a tapar. Nada más penoso que un inválido con pudor. No me dejo de sentir viejo, y por más que trato no puedo acordarme de las gloria de juventud.
El olor a humedad casi se vuelve tolerable a ratos. No es olor a pico, pero es un olor tan masculino como insoportable. Alfrente mío hay dos rumas de toallas blancas. Una con un montón, y otra con unas pocas. Pienso en la vejez. Tengo 64 aós. Una cifra obsena. Mi vida es como ese montón de toallas. El montón grande es como los años que he vivido, el montón chico son los años que me quedan por vivir.
Me desnudo frente al espejo por que creo que en algún momento, mágicamente voy a caminar. Hasta los pelos de mi pecho, de mis sobacos se han vuelto blancos. Lo peor de todo es que para mí es casi imposible dejar de lado la imagen de un Yo mismo perfecto, veinteañero. Mi estómago se ha inflado de una manera irreversile, y cada día me doy cuenta de lo peor que estoy frente a la vida. Me refiero físicamente, porque cada día soy más sabio. Aunque no me de cuenta.
La sabiduría no es mucho más que el ser cada día más viejo, y poder decirlo de una manera más o menos digna. Cuando yo era joven, no existía esto de la promiscuidad ni mucho menos. Pareciera que nosotros fuimos una generación obligada a no calentarse cuando había que hacerlo, como los jóvenes de hoydía. Llegué a creer que las mujeres se calientan porque creen que tienen que calentarse frente a algunas situaciones. Dejé de calentarme durante todos mis veintitantos años. Cuando volví a calentarme, ya mi mujer no se calentaba conmigo. Y después vino eso que me hizo quedar paralítico inválido.
Entra un hombre y me ve desnudo en mi silla de ruedas, con mis nalgas pegadas a la cuerina, chirriando con mi incomodidad. Le dejo que mire porque no me voy a tapar. Nada más penoso que un inválido con pudor. No me dejo de sentir viejo, y por más que trato no puedo acordarme de las gloria de juventud.
miércoles, 3 de octubre de 2007
1.- Acerca de la Vírgen
Bueno, voy a pasar a contarles un poco de mí. Soy un viejito parapléjico, lo que ustedes niñitos con zapatillas llamarían inválido. Me he conseguido un computador. Andan diciendo por ahí que lo he robado. No es de lo más cierto eso.
Yo ví a la vírgen. La gente no quiere creer en mí porque andan todos como locos mirando para todos lados. La verdad es que la virgen se me apareció a mí, y me hizo muchas preguntas y me dio muchas respuestas. Tenía la cara suavecita, a veces se quedaba acompañándome al lado de mi cama cuando me quedaba dormido, y ahí le tocaba su carita. Y cuando me despertaba en la mitad de la noche, ella no había desaparecido; dormía encima mío y nos abrasábamos.
A veces por la mañana despertaba conmigo y a veces no estaba. Pero no importaba, porque yo sabía que siempre estaba conmigo.
Tenía una túnica café, y me confesó varias cosas que no eran mentira. Dios no tiene barba. Dios se rasura todos los días, y le gusta jugar al golf. A veces me enojaba con la Virgencita porque me hacía hacer cosas que yo no quería, pero eso es arena de otro costal.
Un día la Virgencita se fue y no se despidió, y ese fue el principio de otra historia.
Bendiciones
Yo ví a la vírgen. La gente no quiere creer en mí porque andan todos como locos mirando para todos lados. La verdad es que la virgen se me apareció a mí, y me hizo muchas preguntas y me dio muchas respuestas. Tenía la cara suavecita, a veces se quedaba acompañándome al lado de mi cama cuando me quedaba dormido, y ahí le tocaba su carita. Y cuando me despertaba en la mitad de la noche, ella no había desaparecido; dormía encima mío y nos abrasábamos.
A veces por la mañana despertaba conmigo y a veces no estaba. Pero no importaba, porque yo sabía que siempre estaba conmigo.
Tenía una túnica café, y me confesó varias cosas que no eran mentira. Dios no tiene barba. Dios se rasura todos los días, y le gusta jugar al golf. A veces me enojaba con la Virgencita porque me hacía hacer cosas que yo no quería, pero eso es arena de otro costal.
Un día la Virgencita se fue y no se despidió, y ese fue el principio de otra historia.
Bendiciones
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